La familia y uno más

Entre 15.000 y 25.000 niños se encuentran en instituciones esperando encontrar un hogar que los acoja

Todavía son muchos los pequeños que viven en instituciones regentadas por el Estado o las comunidades autónomas, pero cada vez son más las familias que deciden que los menores vivan con ellos como uno más hasta que su situación se legalice. Son las familias de acogida que, de forma totalmente altruista, ponen a disposición de estos niños sus casas y su cariño, porque saben que un hogar es el mejor lugar para crecer.

El que ahora ocupa el carrito es un bebé que, abandonado, llegó a casa de Baldomero y María José con tan solo nueve días. Una semana antes habían entregado a la Consejería de Familia y Asuntos Sociales de la Comunidad de Madrid a una niña de cinco meses —que había estado con ellos casi toda su corta vida— para que se fuera con sus padres adoptivos. Baldomero García Galán y María José Gutiérrez, junto con sus dos hijos biológicos, Pablo y Diego —de trece y once años, respectivamente—, son una de las ocho familias de acogida de urgencia que hay en la Comunidad de Madrid. Estas han hecho posible que desde el 2010 veintiocho bebés hayan convivido de manera temporal en un ambiente familiar en lugar de ingresar en una residencia. Y de esos veintiocho, seis han estado en casa de Baldomero y María José. “Se nos ocurrió al ver un reportaje en televisión sobre acogimientos de urgencia en otra comunidad —explica Baldomero—. Nos pareció que, aunque teníamos por delante todo el trabajo que dan los bebés, era una forma de dar y recibir cariño de estos pequeños. De sus historias sabemos pocas cosas y nunca son bonitas, porque si lo fueran no estarían así, pero precisamente de lo que se trata es de que su auténtica historia empiece con nosotros. Muchas veces los recibimos recién salidos del hospital y los queremos y cuidamos hasta que se van con una familia de acogida permanente o una de adopción. Así, siempre habrán tenido una familia que les haya dado cariño y cuidado bien, aunque durante unos meses haya sido otra familia”.

600x450_familia_01Este es el fin de los programas de acogida, “porque el ser humano está hecho para vivir en familia”, precisa Isabel Fernández, presidenta de Asociación Estatal de Acogimiento Familiar (ASEAF). Esta asociación, creada en el 2004 y en la que participan todas las comunidades autónomas, tiene como objetivos la defensa y el apoyo de los menores acogidos; la defensa de los derechos de los padres, familias y personas acogedoras, y el fomento de la figura legal del acogimiento familiar.

20.000 niños cada año. Efectivamente, “el acogimiento es una medida de protección que proporciona al niño o niña una familia donde poder vivir y ser protegido y educado hasta que pueda regresar con su familia de origen o pasar a una adoptante”, indica Jorge Fernández del Valle, catedrático de Intervención Psicosocial de la Universidad de Oviedo. “La misión de la familia de acogida es ejercer la guarda del menor y proporcionarle una convivencia normalizada en un entorno estable y favorable a su desarrollo”, explica Paloma Martín, directora del Instituto Madrileño del Menor y la Familia.

Los últimos datos del Ministerio de Sanidad, Política Social e Igualdad son del 2008 e indican que en nuestro país hay entre 35.000 y 45.000 niños de cero a dieciocho años tutelados por el Estado, mientras que según Fernández del Valle “se calcula que en un determinado momento del año podemos tener en España algo más de 20.000 niños acogidos en familia. Solemos distinguir si se trata de familia ajena [se presenta voluntaria para acoger al niño pero no existe un vínculo entre ellos] o extensa, es decir, aquella con parentesco o vinculación previa con el niño, normalmente abuelos o tíos. El balance es de un 80% en familia extensa y el resto, en ajena”. Es decir, que entre 15.000 y 25.000 niños esperan acogidos en instituciones estatales.
Pocos están dispuestos. En España no existió el acogimiento como hoy lo conocemos hasta que en 1987 se promulgó la Ley de Enjuiciamiento Civil en Materia de Adopción y de Otras Reformas de Protección de Menores y, nueve años después, la Ley Orgánica 1/1996 que desarrolló la idea de que los menores deben vivir en un ambiente familiar y no en un centro de menores. La tradición española, a pesar de ello, afirma en uno de sus artículos el catedrático Jorge Fernández del Valle, “se caracterizó por el movimiento de institucionalización, ya desde las inclusas y los hospicios a partir del siglo XVI, una práctica que se vio reforzada durante el franquismo con la actuación de distintos organismos, como el Patronato de Protección de Menores, el Auxilio Social o las obras benéficas de las diputaciones”. Los tribunales podían suspender el derecho de la guarda y custodia a los padres que no ejercían su deber de educación y cuidado de los hijos. Estos eran entregados a la Junta de Protección de Menores, que podía llevarlos a un centro o a una familia. En este caso se exigía que fuera una familia completa —padre y madre—, que llevaran una vida honorable y que su vivienda fuera lo suficientemente amplia; algo muy similar a lo que se exige ahora.

Y es que, mientras en los países de nuestro entorno hay una larga tradición de acogida, en el nuestro aún se ve como algo raro. “Muchos piensan que es una insensatez y no una generosidad inmensa —matiza Isabel Fernández—, aunque con que haya un 1% de la población dispuesto a esta “locura”, es suficiente. Es curioso que siendo el primer país en donación de órganos y en adopciones internacionales, y el que más se sensibiliza con cualquier problema, tengamos tantos niños en instituciones porque casi no se conoce el acogimiento familiar”. Por eso, la afirmación de Diego, de once años e hijo de Baldomero y María José, es de mayor calado: “Así ayudamos a niños necesitados”. Esta idea es la que animó a la familia de Agustín Pallarés, otro de los padres de acogida. “Nuestra familia estuvo reflexionando sobre cómo ayudar de forma activa a la sociedad y participar en algún voluntariado”.

Como se pretende que los niños estén en una familia, estas se comportan con ellos como tal. “Desde que llegan a casa son como nuestros propios hijos. Nosotros les damos todo el cariño, y nuestras familias y amigos, también; es muy importante que se sientan queridos y seguros”, añade María José. Por eso también es vital que los hijos biológicos estén involucrados. “Creo que a Pablo y a Diego les gusta —insiste Baldomero— y les da un cierto sentido de responsabilidad”.

¿Cómo se acoge? No todos los acogimientos son como los de María José y Baldomero, que de un día para otro tienen a un bebé en casa. Ellos son padres de urgencia, una modalidad que se puso en marcha para frenar que los recién nacidos vivan sus primeros meses de vida en una institución. “Había niños en los centros que con dos años ni lloraban ni reían”, afirma Isabel Fernández, presidenta de ASEAF. Además están el acogimiento simple, si no supera los dos años; el permanente, que puede durar años, incluso hasta la mayoría de edad del niño; el provisional, mientras se soluciona algún problema de la familia del menor, y el preadoptivo, hasta que llega la adopción.

Dada la escasez de cultura de acogimiento, en nuestro país se necesita hacer un intenso trabajo de promoción social del acogimiento. Periódicos, radio, televisión, marquesinas o vallas publicitarias eran los métodos conocidos para generar interés sobre el problema. Sin embargo, lo que funciona mucho mejor es el boca a boca. Quien conoce a alguien que ha sido acogido o adoptado se muestra mucho más receptivo a seguir su ejemplo. Ricardo Casadó Tarín, coordinador de programas de la Asociación de atención y apoyo a la familia, la infancia y la juventud (Acaronar) y colaborador de ASEAF afirma: “No buscamos ninguna característica especial, sino más bien hacemos llamamientos a la ciudadanía, a personas concretas que quieran participar con la Administración ofreciendo espacios familiares a niños y niñas que, por circunstancias, tienen que separarse de su familia de origen. Para nosotros el principal criterio de idoneidad de una persona o familia que quiera acoger es que esté dispuesta a colaborar, no a salvar por su cuenta a nadie, y que sea receptiva a prepararse para ello”.

Además, acoger es una decisión que tiene más ventajas que inconvenientes. “El núcleo familiar se enriquece y los hijos crecen con un sentimiento solidario. Los hijos propios aprenden que en la sociedad hay niños que no son tan afortunados como ellos”, afirma Agustín Pallarés, quien aunque ahora no tiene ningún menor acogido en casa ha tenido a su cuidado a diez niños de edades comprendidas entre los quince días y los diez años. El caso de Pallarés es un ejemplo de que aún hay cosas que cambiar porque, aunque existe una ley, las competencias son de carácter autonómico y esto ha impedido que la suya continúe siendo una familia de acogida. Ellos, que vivían en Aragón e incluso crearon la Asociación de Acogimientos Familiares de Aragón (ADAFA), cambiaron su residencia a Valladolid y “nuestra sorpresa fue que para poder volver a realizar acogidas no valía la experiencia y la formación que teníamos en Aragón, debíamos volver a realizar los cursillos de formación, ya que en cada comunidad es diferente, algo que no acabamos de entender”, explica Agustín Pallarés. E insiste: “No debería haber ninguna diferencia entre las distintas comunidades autónomas”.

¿Hacia dónde vamos? Mientras las familias viven su particular historia con los niños y desde las comunidades autónomas se hacen llamamientos para encontrar hogares de acogida, el Senado ha decidido involucrarse para, escalonadamente y en el menor tiempo posible, realojar a los niños de los centros de menores bajo el paraguas familiar. Para ello, creó una comisión especial para estudiar los problemas relacionados con la adopción, que durante los últimos dos años ha trabajado con las comunidades autónomas y varios expertos para evitar que el tiempo empleado en burocracia hasta que se llega a una solución, como una adopción, no corra en contra del niño y hacer lo posible por mantenerlo lejos de las cunas institucionales. Económicamente esta decisión también es positiva: en un centro residencial cada pequeño cuesta al Estado entre 3.500 y 6.000 euros mensuales, mientras que en una familia rondaría de los 400 a los 1.000 euros, ya que estas reciben una ayuda para afrontar los gastos del acogimiento.

Esta propuesta de la Cámara Alta ha sido de mucha utilidad para elaborar el anteproyecto de Ley de Protección de la Infancia, presentado por el Ministerio de Sanidad, Política Social e Igualdad y aprobado por el Consejo de Ministros el pasado 8 de julio. El fin del anteproyecto es mejorar y simplificar los mecanismos de adopción y acogida, potenciando la última fórmula. De esta manera se reconoce que el entorno familiar es el mejor ambiente para el desarrollo del menor y se favorece la acogida frente al ingreso en los centros.

Por eso, como Baldomero y María José saben que su hogar es lo mejor para un niño, seguirán paseando bebés por su barrio madrileño y parándose a cada paso con los conocidos que les dan la enhorabuena y desean conocer a cada nuevo retoño que llega. Y aunque, como reconoce María José, cuando uno de los bebés se va, “me da un bajón durante unos días, enseguida estamos dispuestos para otro peque”.

  • El 82% de las familias que acogen son parejas casadas.
  • La media de edad se sitúa entre 46 y 47 años.
  • El 42,2% posee estudios superiores y el 32,1%, estudios medios.
  • El 40% de las familias tiene ingresos en torno a los 24.000 euros.
  • Más de la mitad de las familias —59%— tienen hijos propios.
  • Suelen ser familias de acogida durante una media de 5,1 años.
  • En el 45% de los casos la motivación para acoger es ayudar a un menor.
  • El 26% de las familias conoce la existencia de programas de acogida por campañas publicitarias y el 24%, por amigos o familiares.

Fuente: “Estrategias para la captación de familias acogedoras”. Mónica López López, Jorge Fernández del Valle y Amaia Bravo Arteaga. Universidad de Oviedo. Papeles del Psicólogo, 2010. Volumen 31 (3), pp 289-295.

Fuente: Revista Entre lineas

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